Y así, cuando Mowgli, sintiendo el corazón oprimido, subió por entre las rocas que tan bien conocína al lugar en que lo habían presentado al Consejo, no halló allí más que a los cuatro, a Baloo, que estaba ya casi ciego por los años, y a la pesada y fría Kaa, enroscada en el lugar que solía ocupar Akela.
- ¿Termina, pues, aquí tu rastro, hombrecito?; - dijo Kaa, mientras Mowgli se arrojaba al suelo con el rostro entre las manos. - Lanza tu grito; somos de la misma sangre tú y yo... el hombre y la serpiente -.
Extracto de El Libro de las Tierras Vírgenes
Rudyard Kipling