Podemos encontrar agua en la superficie terrestre (fuentes, charcas, manantiales...), en el subsuelo (pozos, cuevas...), por precipitaciones (en forma de lluvia, rocío, nieve...), en el aire (evaporando el agua contenida en la tierra y en las plantas y condensándola a continuación o en las plantas y animales. Realmente debemos dirigir la búsqueda hacia las aguas superficiales, las más fáciles de hallar y las que más cantidad de agua nos proporcionan. Al resto de los métodos que citaremos seguidamente sólo recurriremos en situaciones límite y una vez agotados los otros procedimientos, tanto por la dificultad de encontrar aguas subterráneas como por las pequeñísimas porciones de líquido obtenidas por condensación.

• Aguas superficiales
En cualquier tipo de terreno, si existe agua habrá indicios que nos conducirán a ella:

• Plantas amigas del agua:
Los juncos, cañas, espadañas, chopos, sauces, saúcos, hierbas más verdes que las de su entorno, vegetación más abundante y fresca, etc.

• Animales que suelen beber a diario en fuentes y charcas:
aunque las aves pueden beber el agua del rocío contenida en las hojas de los árboles y plantas, las granívoras (gorrión, pinzón, pardillo, jilguero, verderón, escribano, etc.) suelen dirigirse a manantiales o charcas al amanecer y al atardecer, volando a baja altura. Del mismo modo los mamíferos herbívoros también necesitan beber a menudo, encontrándose no muy lejos del agua. La presencia de avispas, moscas, abejas e incluso hormigas también será una buena señal de la existencia de agua. La observación del vuelo de los pájaros y de los insectos, así como de las huellas dejadas por los animales, nos proporcionará buenos indicios.

• El olor y los ruidos:
Además de emplear el sentido de la vista, con una cierta experiencia se puede detectar el olor a humedad o incluso emplear el oído para escuchar el ruido lejano del movimiento del agua de un manantial, del goteo de una fuente o del croar de las ranas, siempre dependientes de este elemento.

• La morfología del terreno:
Siguiendo cauces secos de ríos, barrancos y vaguadas es posible descubrir alguna fuente o charca. Si tenemos la suerte de encontrar agua superficial no debemos beberla sin más, pues puede darse el caso corriente de que esté contaminada. Esto es muy frecuente en las aguas de charcas, estanques, lagos, pantanos, ríos y arroyos; siendo las fuentes, filtraciones, manantiales y ríos en su curso más alto los que ofrecen mayores garantías de potabilidad.

• Aguas del subsuelo
Algunos de los indicios señalados para las aguas superficiales nos pueden servir también para las subterráneas, concretamente en lo que respecta a la vegetación, la presencia de juncos, cañas, espadaña, etc. Del mismo modo, la morfología del terreno será, si cabe, más importante aún para encontrar agua que en el caso anterior. Debemos buscar en los recodos cóncavos de los lechos de ríos y barrancos secos o en las proximidades del mar (allí donde la arena esté húmeda o bien a unos 100 m de la playa). El agua así extraída será salobre aunque se podrá beber. Si de estos terrenos arenosos pasamos a los rocosos y calizos, será fácil encontrar agua subterránea buscándola en cuevas y grietas, donde suele gotear. El terreno arcilloso, por el contrario, dificulta la filtración del agua.

• Aguas de las precipitaciones
Cuando llueva o nieve no será difícil obtener agua. No obstante, en cualquier tipo de terreno, latitud y estación del año, siempre podemos recurrir al agua procedente del rocío o de la escarcha caída durante la noche si el cielo está despejado y estrellado.


• Lluvia, rocío y escarcha

Se puede obtener por tres sistemas diferentes. El primero y mas habitual consiste en emplear plásticos, ponchos y chubasqueros, esto es, prendas no porosas debidamente extendidas de forma que presenten la mayor superficie posible para la recogida de las aguas y tengan una inclinación que permita dirigir las aguas a un recipiente. El método del poncho (fig. 2) es el utilizado más corrientemente, al formar parte esta prenda del equipo individual que hemos recomendado y facilitar la extracción del agua por el agujero de la capucha. También con una bolsa de basura o de plástico abierta lateralmente (de las que se llevan en la mochila para envolver prendas) puede construirse un recipiente en el suelo (fig. 3) para incrementar así la obtención del agua que, en todo caso, será insignificante cuando sólo proceda del rocío caído durante la noche. En segundo lugar, se pueden usar prendas absorbentes, que colocadas encima de las hierbas o bien refregadas por ellas con las manos o con las botas se empaparán y cuando se expriman dejarán caer algunas gotas. Finalmente, un tercer sistema consiste en aprovechar las paredes o suelos rocosos para recoger sobre un recipiente el discurrir o goteo de las aguas procedentes de la lluvia o el rocío. Este tipo de agua, en contacto con las plantas y rocas, arrastrará las bacterias de las mismas, por lo que conviene hervirla antes de tomarla.

• Nieve

Para derretir la nieve se llenará un recipiente y se pondrá en un fuego lento añadiendo más cantidad a medida que se diluya. Cada ocho o diez partes de nieve se convertirán en una de agua pura, a la que habrá que verter sales, un poco de ceniza de leña o arcilla y airearla pasándola varias veces de un recipiente a otro. Si no se dispone de fuego o no se quiere perder tiempo, se introducirá la nieve en un trapo y se colgará, dejándola al sol para que gotee sobre un bote (fig. 4). También se puede ir añadiendo nieve al agua de la cantimplora, mezclándola para que se derrita. Condensación del vapor de agua La tierra húmeda de un agujero, el agua contenida en algunas plantas o incluso la procedente del mar, de la orina o contaminada, puede ser evaporada por calor y posteriormente condensada, convirtiéndose así en agua potable aunque muy pura.

• Destilador solar (fig. 5)

Elegida una zona soleada y a la vez un suelo húmedo (factores difíciles de conjugar en ocasiones), se cavará un hoyo de 1 m de diámetro y 1 m de profundidad, colocando en la parte más honda un bote de boca ancha para recoger el agua, y en la superficie el poncho con la capucha bien cerrada (o un plástico de 2 x 2 m) que será tapado con tierra y piedras en sus bordes para que el agujero quede herméticamente cerrado. Justo en el centro de esta prenda no porosa, el peso de una piedra hará que el plástico se descuelgue 0,5 m, disminuyendo así, por un lado, el volumen del hoyo y, por otro, permitiendo con esta inclinación que las gotas discurran hasta caer en el recipiente del suelo. Cuando el sol caliente con sus rayos este destilador, el agua de la tierra húmeda se evaporará condensándose al chocar con la superficie del techo. La máxima eficacia de este me-todo se logra al segundo día de funcionamiento, pudiendo mantenerse durante el tercero y debiendo cambiarse de hoyo a partir del cuarto día. Para la extracción del agua sin necesidad de tener que levantar el techo se puede utilizar un tubito (difícil de conseguir en una supervivencia si no forma parte previamente del equipo>. Asimismo, se puede aumentar la producción colocando en el fondo muchas plantas verdes y otros botes con orina o agua no potable. Se tendrá en cuenta que si el plástico no tiene mucha pendiente no se deslizarán las gotas condensadas y que después de ocultarse el sol, el poncho se enfría más rápidamente que el suelo, por lo que el vapor de agua continúa condensándose incluso al atardecer. Con el destilador solar se puede obtener hasta un máximo de 0,5 Iitros en 24 horas.

• Condensación del agua de las plantas (fig. 6)

Consiste en introducir hojas verdes en bolsas de plástico, con cuidado de no agujerearlas, atar la boca tras soplar e hincharlas, y colocar estos recipientes al sol para que se evapore el agua de las plantas y luego se condense goteando hacia el fondo. Puede aplicarse directamente sobre las ramas de los árboles. Las cantidades de este líquido así obtenidas serán insignificantes.

Condensación del agua del mar

La evaporación puede realizarse por el procedimiento del destilador solar ya mencionado, o bien calentando con fuego el agua salada contenida en un recipiente tapado por un trapo que irá humedeciendo el vapor, debiendo exprimirlo de vez en cuando para obtener el agua.

Agua de plantas y animales

• Savia de las plantas
Muchas plantas con hojas o tallos carnosos almacenan una savia potable y útil para calmar la sed temporalmente con tal de que sea limpia y dulce, presentando el inconveniente de que su azúcar puede acelerar la deshidratación. Por otro lado, esta savia no puede almacenarse, pues fermenta. Además, existe el peligro de confundir el tipo de árbol o planta (ver capítulo de alimentos vegetales por otra que pueda resultar tóxica. No se debe beber, por tanto, aquella savia que tenga un sabor desagradable, un color lechoso o rojizo, o forme espuma.
Las plantas que se encuentran en terrenos áridos o desérticos frecuentemente tienen raíces próximas a la superficie que, una vez arrancadas y peladas, se chuparán directamente para extraer su savia. Por su parte, en los entornos naturales más corrientes, abundantes en plantas con savia potable, practicaremos una incisión profunda en la parte más alta de un tallo y después otra próxima al suelo (siempre siguiendo este orden>, por donde empezará a gotear.
Finalmente, en lo que respecta al agua obtenida de las plantas, por todos es sabido que las frutas tienen un alto contenido de este elemento, especialmente en terrenos tropica les donde abundan los cocos, cañas de bambú, etc.

• Fluidos de los animales
Los ojos de todos los animales contienen agua. Su sangre puede ser bebida, con lo que se absorben abundantes alimentos disueltos en este líquido. También se pueden recuperar los fluidos contenidos en las tripas de los animales cazados. Respecto a los peces, su espina central en toda su longitud es un auténtico depósito de agua. Los peces del mar machacados y escurridos también proporcionan agua.

POTABILIZACIÓN DEL AGUA

Una vez encontrada una de las fuentes de agua citadas u obtenida por uno de los procedimientos descritos, y cuando no se tenga la certeza de que es potable, habrá que clarificarla, purificarla y tratarla, preparándola así para su consumo.
Manantiales de aguas en apariencia puras y cristalinas pueden sin embargo contener bacterias como consecuencia de múltiples factores: abonos e insecticidas de tierras de cultivo, desagües de fábricas, pueblos y caseríos, excrementos de ganado, contaminación por agentes nucleares, etc.
Para evitar las enfermedades ya citadas anteriormente (disentería, tifus, cólera, infecciones) habrá que rechazar, en principio, aquellas aguas con ausencia de vegetación a su alrededor, turbias y con sedimentos, con burbujas o espuma en su superficie, que despidan un olor desagradable y, en general, cualquier agua estancada.
Si a pesar de todo no se localiza agua potable, el agua contaminada podrá beberse mediante un largo proceso en el que, en primer lugar, se eliminarán las partículas sólidas que lleva en suspensión (clarificación y, posteriormente, se eliminarán las bacterias que viven en este medio (purificación).

Clarificación
Para suprimir los cuerpos sólidos contenidos en el agua (no las bacterias) podemos utilizar varios procedimientos que, según el grado de contaminación, se emplearán aisladamente o se complementarán, haciendo pasar sucesivamente el agua por varios de estos sistemas.

 

• Decantación (tig. 7)
Consiste en dejar el agua en reposo durante 12 horas o más, con objeto de que se vayan depositando en el fondo del recipiente las partículas en suspensión. Con un cazo o vaso se irá recogiendo el agua superficial con sumo cuidado para no remover el fondo. Para evitar esta posibilidad y asegurar una mejor filtración se puede emplear un trapo limpio muy absorbente que, enrollado a modo de mecha, traspase por goteo el agua del recipiente original a otro situado a un nivel inferior.


• Filtro de telas (fig. 8)

El agua se hará pasar por varias capas de telas o prendas limpias, de modo que gotee de una a otra para retener sucesivamente las partículas en suspensión.

• Filtro de arena (tig. 9)

Se puede emplear una caña hueca rellena de arena y taponada con hierbas para que ésta no se pierda, o también un trapo con arena.

• Filtro de varias capas (fig. 1 0)

El sistema más corriente consiste en utilizar una lata de conservas o un bidón con varios agujeros en el fondo, llenándolo de abajo arriba con varias capas de carbón vegetal en granos muy pequeños, arena fina, arena más gorda o gravilla, grava y piedras. Los estratos serán lo más anchos posibles y no estarán demasiado comprimidos para facilitar que el agua pueda filtrarse; los agujeros de la ata serán más bien pequeños para evitar que la arena se escape por los mismos, enturbiando el agua. Una vez que el recipiente quede casi lleno con el material de las diferentes capas, se irá añadiendo agua que, al pasar por ellas, depositará sus sedimentos.


 

En lugar de una lata o un bidón se puede recurrir a varias tejas o un recipiente similar en forma semicilíndrica, colocado de tal modo que quede un poco inclinado para que corra el agua a través de los estratos y con una tapadera en el extremo para que no salga la arena (Fig 11)

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• Pozo indio (fig. 12)

Cuando el agua de un estanque, lago o charca esté contaminada, que será lo normal, se cavará a 1 6 2 m de la orilla, según el grado de contaminación, un pozo de al menos 0,5 m de diámetro y una profundidad variable hasta conseguir que el agua procedente del estanque se filtre en el pozo pasando a través de la capa de tierra que los separa, lo que ocurrirá normalmente cuando excavando se rebase el nivel de las aguas. Para acelerar este proceso, se practicarán perforaciones laterales en las paredes del hoyo. El agua así obtenida se recogera y se dejará sedimentar en distintos recipientes.

Purificación

Una vez filtradas las partículas sólidas en suspensión, nos queda neutralizar las bacterias que contenga el agua antes de consumirla, Esta esterilización podrá realizarse mediante las pastillas potabilizadoras u otros productos químicos, o bien recurriendo al calor producido por el fuego o, lo que resultará más costoso, al viejo y poco práctico método de la evaporización-condensación. Antes de ingerirla, siempre resulta conveniente oxigenar el agua pasándola varias veces de un recipiente a otro.

• Pastillas potabilizadoras y productos químicos

Resulta de suma importancia llevar siempre en la mochila este tipo de pastillas, por el ahorro de tiempo que suponen a la hora de purificar el agua. Existen varias marcas y tipos de comprimidos, cada uno con unas normas de empleo específicas (proporción de pastillas a disolver por litro de agua, tiempo que se debe esperar antes del consumo, etcétera).
Otros productos químicos corrientes que pueden servir para purificar el agua son: permanganato potásico (varias gotas por cada litro), tintura de yodo (8 a 10 gotas por cada litro), lejía normal (1 gota por cada dos litros), cloramina 1, hidrosteril, halazone.
De acuerdo con el producto utilizado, para que éste se disuelva bien y surta sus efectos, habrá que esperar que transcurra cierto tiempo antes de consumirlo, que según los casos oscilará entre diez minutos y una hora, referencia esta última, la de una hora, que podemos tomar como regla general para este periodo de espera.

• Ebullición

Este método consiste en hervir el agua durante al menos diez minutos, tiempo suficiente para destruir las bacterias.

 

• Destilación con piedras calientes

Además del sistema del destilador solar ya mencionado (fig. 5), en el que se sustituirán las ramas verdes por un recipiente con agua contaminada que se evaporará y será recogida en un bote ubicado en el centro del hoyo, podemos cambiar el calor procedente del sol por el de unas piedras no porosas, previamente calentadas en el fuego.

Se trata del mismo procedimiento empleado en una sauna, esto es, al tomar contacto las piedras calientes con el agua contaminada producirán vapor que, recogido en un trapo o en un plástico, se condensará, con lo que se obtendrá agua pura.
Aunque las piedras pueden arrojarse a la charca (figs. 13 y 14>, resulta mucho más práctico que sea el agua contaminada la que se vierta poco a poco sobre un recipiente lleno de piedras calientes (fig. 15).

Vacunación

Aunque existen vacunas para cada una de las enfermedades producidas por el agua contaminada, puede ocurrir que inesperadamente tengamos que subsistir sin haber adoptado previamente esta medida preventiva, o bien sin disponer de este tipo de antídotos en nuestro botiquín. Una solución extrema y arriesgada, pero no descartable en una situación límite, consiste en fabricarse uno mismo la propia vacuna: obtenida agua potable por los métodos citados, disolve unas gotas del fluido contaminado, cuyo número irá en aumento, siempre que no se produzcan diarreas ni malestar, hasta llegar al medio vaso de agua impura al cabo de quince días. El organismo habrá ido creando cada vez más anticuerpos para combatir las bacterias, hasta quedar inmune a sus efectos nocivos. Por el peligro que entraña esta experiencia, no debe realizarse durante las prácticas de supervivencia.